Recuerdos

Hola!

Como dije hace un unos días, últimamente he estado escribiendo, y quería compartirles los escritos que voy. Este es el primero que he escrito hasta ahora. Espero que les guste.

Cerró sus ojos.

Siempre había disfrutado la suavidad del pasto húmedo bajo sus pies. El aire soplaba tranquilo, haciendo bailar algunas ramas de los árboles, que entonaban una melodía relajante que parecía haber sido practicada desde hacía mucho tiempo. El olor a rocío y pino inundaba todo el ambiente, y el calor del sol reafirmaba la tranquilidad a la que aquel paisaje invitaba.

Recordó cómo había jugado en su juventud por aquellas praderas, cuando por ellas se extendían grandes cultivos de trigo, que bailaban plácidamente a la merced del viento. La sensación que le producía en las manos al pasarlas por las espigas le parecía extraña, pero le gustaba.

También recordaba las lluvias. El sonido que producían las gotas al chocar con el techo de teja de su antigua casa era ensordecedor, ahogando todos los demás sonidos. Había infinidad de goteras, y era imposible no sentir la humedad en el ambiente. Lo único que hacía soportable esos momentos era la vieja chimenea de piedra que había en la sala, frente al gran sofá de cuero, en el que se sentaban a ver las llamas, arropados, esperando a que la tempestad pasara.

La vieja casa volvió a su mente, casi como un fantasma que finalmente decide mostrarse. El techo  pálido de teja cerámica contrastaba con el café oscuro de las tablas de madera mal barnizadas, que le daban a la casa un aspecto muy humilde. Las pocas ventanas que tenía solían estar tapadas por unas delgadas cortinas blancas, suaves al tacto, que eran necesarias ya que el sol solía brillar demasiado en ese lugar, y éstas sólo retenían la luz parcialmente, dando una iluminación clara y agradable.

Los pisos solían crujir al caminar, y a veces daba la impresión de que el suelo se fuera a romper bajo sus pequeños pies. El de su cuarto era el único que no crujía. Las paredes estaban decoradas con muchos dibujos suyos de naves espaciales y del cielo, tanto diurno como nocturno. Su cama era pequeña, y forzaba a dormir en posición fetal, lo cual ayudaba en las noches más frías. Una pequeña ventana iluminaba la habitación cuando el sol se ponía, y le permitía ver directamente el atardecer, sobre aquellos bellos y calmados valles.

Recordó a sus padres. Ambos habían sido campesinos desde su infancia, y habían crecido en el mismo pueblo. Su padre era alto y fornido, con pelo castaño y ojos claros. Su madre tenía el pelo largo, de color oscuro, siempre ondeando al viento, y sus ojos siempre estaban iluminados, dando esperanza y fuerza a quien los viera. Se habían vuelto padres cuando eran jóvenes, y habían logrado sacar adelante la familia y la granja, no sin mucho esfuerzo.

Tener a sus padres de nuevo en su mente hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas, y se le empezó a dificultar la respiración. Quería volver allí, con sus padres, a pasar otra tarde de verano bajo la cálida luz del sol, escuchando a los árboles silbar para que el trigo bailase su bella danza.

Abrió sus ojos.

La imagen de la celda en la que estaba era distorsionada por las lágrimas de sus ojos, haciéndola ver como un montón de manchas de distintos todos de gris. Se calmó y limpió las lágrimas. Un par de guardias se acercaron a la puerta. Ya era hora.

Iban por un corredor angosto, de paredes de ladrillos grises, interrumpidas ocasionalmente por otras puertas, color verde claro, que llevaban a otros lados de la construcción. Oía sus pasos, cada vez que las suelas duras de sus zapatos tocaban el pavimento con el que estaba hecho el piso. Tic-tac, tic-tac, tic-tac… El sonido se repetía a intervalos regulares, una y otra vez, justo como las manecillas de un reloj marcando el paso de los segundos, avisando que la hora finalmente llegaba…

Después de lo que parecieron siglos, llegaron al final del pasillo, que culminaba en una puerta igual a las que había visto anteriormente, salvo porque esta tenía una pequeña ventana, que daba una imagen al interior de el cuarto al que esta llevaba. Se le encogió el corazón al ver aquella imagen. Creía que se había preparado, pero al parecer, no estaba en lo correcto.

Uno de los guardias abrió la puerta, que no hizo sonido alguno, y el olor de limpiador llegó a su nariz. La habitación estaba iluminada por un par de potentes bombillos blancos, y la luz que emanaban enceguecía al rebotar en las baldosas blancas que cubrían toda la habitación.

Desde la puerta, a mano izquierda había una ventana, cubierta con una tela de color blanco, que le recordó vagamente las cortinas de su antiguo hogar. Frente a esa ventana, había una robusta silla de madera. La silla tenía correas de cuero un tanto desgastadas en sus patas delanteras, los reposa brazos, y unas cuantas en el espaldar. En la cima de este último, se encontraba una especie de casco metálico, del cual colgaba una tela negra en el borde.

Los guardias le obligaron a sentarse en la silla y empezaron a atar las correas, mientras un viejo cura, que acababa de entrar por la puerta verde, rezaba unas cuantas oraciones. No le prestaba atención al viejo. Nunca había creído en ningún dios, y no le importaba en lo absoluto. Sus padres iban a la iglesia cuando era joven, pero siempre se escapaba para salir a jugar con los demás niños, que se burlaban del padre que había en el pequeño establecimiento sagrado.

Finalmente los guardias terminaron su labor, al mismo tiempo que el cura, y se retiraron, aunque no sin antes ponerle el terrible casco, con la tela negra tapando su vista. Sabía que iban a correr el telón, y que muchas personas del otro lado de la ventanilla verían su partida de este mundo.

Todos esos rostros familiares, antes tan amables y comprensivos, en los que seguramente ahora solamente había desprecio y odio. Lo que más le dolía era que entre toda esa gente no iban a estar sus padres. Se imaginó a su madre, llorando, mientras era consolada por su padre, que la abrazaba y le susurraba cosas al oído. ¿Habrían ellos llorado su muerte?

Al otro lado de la ventana escuchó una voz autoritaria hablando. La voz no decía palabras. Sonaba como murmullos, aunque suponía que las personas en la otra habitación podían escuchar palabras.

No le importaba. Sólo podía pensar en sus padres, ambos llorando. Era un recuerdo que no dejaba su mente. Cada vez que cerraba sus ojos los veía. Pero no era tristeza lo que había en sus ojos…

¿Su cuerpo yacería junto a los de ellos? ¿En el lugar en el que los enterró? ¿Al lugar al que los llevó…?

Todas estas preguntas se desvanecieron de su mente, al igual que cualquier otro sentimiento o pensamiento, mientras un zumbido estremecedor sonaba en la habitación de baldosas blancas, difuminando su ser en el mundo de los recuerdos.

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