Zero to Maker [Traducción]

Nota: Este es un copy-paste de la entrada con este título. Le hago una sección especial por recomendación de Offray, de la lista de correo de Hacko. ¡Gracias por el consejo!

Hola de nuevo!

Finalmente esta terminada la traducción del libro “Zero to Maker”. Primero que nada, quiero darles las gracias a O´Reilly Media y a David Lang por dejarme traducir y compartirles este primer capítulo, y a Brian Jepson por ayudarme a conseguir el permiso. Para los que quieran adquirir el libro (en inglés), lo pueden conseguir en pdf o físico aquí.

Este libro ha sido un gran apoyo en el proceso que llevo, ya que me mostró a qué me estaba metiendo, y me presentó de forma oficial el mundo Maker.

Sin nada más que decir, aquí les dejo la traducción:

Zero to Maker – Capítulo 1

En el agujero del conejo

La cueva a la que temes entrar contiene el tesoro que buscas

JOSEPH CAMPBELL

La situación entera me era desconocida. Estaba en una parte del mundo que jamás había visto ─al pie de lasmontañas Trinity en California del norte, en lo profundo del condado Humboldt, donde la señal de celular parecía tan prehistórica como el escenario mismo. Habíamos completado el viaje de siete horas desde San Francisco, a través del enorme bosque de secoyas, para explorar la cueva de la ciudad de Hall (Hall City Cave).El rayo luz que emanaba de la linterna de mi casco exponía detalles vívidos: estalactitas amenazadoras,un muro de piedra cubierto de arañas, y algunos murciélagos colgados, durmiendo. Estaba cargando una gran maleta amarilla Pelican, que contenía un robot submarino que yo había ayudado a diseñar y construir.

Todo eso era realmente nuevo

Creo que la próxima vez que hagamos esto, deberíamos esperar al verano. le dije a Eric mientras le pasaba la maleta para caminar mejor mientras descendíamos por la cueva. Las toscas botas a prueba de agua que llevaba puestas no habían sido la mejor elección para espeleología, pero eran mi única opción debido al horrible clima que había fuera de la cueva. Él me miró y sonrió. Era obvio para todas las seis valientes almas que hicieron el viaje, que haber elegido enero no había sido una buena idea. Con aquel seco y leve invierno creímos que la madre naturaleza podría darnos algunos dias lindos demás, pero no tuvimos suerte. La pesada y constante nevada era un reloj de arena recordándonos la poca luz del día que quedaba y lo mucho peor que podría ser el viaje de regreso.

Mi comentario a Eric tenía intención de ser alentador. Una serie de incidentes que casi acaban con el viaje había dejado al equipo exhausto. Nos despertamos para encontrar un clima peor de lo esperado y fuimos forzados a luchar para encontrar cadenas para nuestros neumáticos. Después de llegar a las montañas, encontramos que los caminos estaban impenetrables. Afortunadamente, conocimos a un residente de la localidad de Wildwood que nos ofreció llevarnos por los caminos cubiertos de nieve. Para cuando llegamos a la cueva, todo el mundo estaba tenso y cansado.

Desde que Eric Stackpole y yo nos encontramos por primera vez y hablamos sobre vehículos operados remotamente (Remotely Operated Vehicles, ROVs) submarinos y exploración oceánica, habíamos estado planeando este momento.Eric cuenta el trasfondo, la leyenda de la cueva de Hall City, mucho mejor que yo; es la historia que más le gusta contar y la compartirá con cualquiera dispuesto a escucharla, ya sea un auditorio lleno o una pequeña reunión cenando. Él siempre empieza de la misma forma: asegurándose de que su audiencia tiene un lapso de noventa segundos de atención para dedicárselos a su historia. Sacude sus brazos y respira profundamente para prepararse, «¡Whooooosh!». Un movimiento con sus manos y una exhalación exagerada lo transportan al pasado:

Volvamos a los 1800s. California del norte. Fiebre del oro. Dos hombres nativos de América roban una mina de oro en operación y se marchan con una cantidad estimada de cien libras de oro. Se forma un grupo de comisarios para encontrar a los dos hombres. Después de días de búsqueda, encontraron a los hombres, pero ya no tenían el oro. El grupo de comisarios les hizo una oferta, “diganos donde está el oro y perdonaremos sus vidas”. Los hombres explicaron que habían escondido el oro en la cueva de Hall Ciy. A pesar de la promesa de los comisarios, ambos hombres son colgados en el lugar. El grupo se dirigió al lugar que los hombres habían descrito y, efectivamente, encontraron una cueva. Ellos no encontraron el oro, pero hacia el final de la cueva encontraron un hoyo de seis pies de diámetro lleno de agua. La caverna submarina se extendía más profundo de lo que ellos podían ver, y carecían de las herramientas y la tecnología para explorar más a fondo, así que el grupo se rindió.

Eric termina la historia contando de nuevo los numerosos buzos y cazadores de tesoros que han buscado la leyenda, tan lejos como un buzo humano puede llegar, sin jamás haber llegado al fondo. Su última línea es «y es por eso que estamos construyendo este robot submarino: para resolver el misterio de la cueva de Hall City».

He escuchado la historia unas cien veces, y nunca me canso de ella. Cuando Eric y yo nos encontramos por primera vez, eso era todo lo que realmente era: una gran historia y un sencillo prototipo de un robot que quería construir. Aunque no tuviera ninguna experiencia técnica relevante, sabía que quería ser parte de la aventura. La idea de explorar lo desconocido con una herramienta ingeniosa hecha conpartes comunesme puso ansioso. Construyó dentro de mí un enlace que mi trabajo de oficina posiblemente no podría alcanzar.

Ahora, ya habiendo caminado dentro de la cueva con Eric y con el ROV, puedo oír los latidos de mi corazón. A unos quince metros dentro de la cueva, descendiendo sus escalones rocosos y sus torcidas cavernas, parte de mí sigue sin creer que el agujero submarino sea real; ¿podría ser que era tan solo una leyenda urbana para atraer a los turistas a la tienda de Wildwood a tan solo unas cuantas millas? Una parte de mí empezó a dudar de todo el asunto. Pero cuando llegamos a lo que parecía ser el final de la cueva, iluminamos el suelo con nuestras linternas y ahí estaba: un hoyo de seis pies de ancho, lleno de agua cristalina, más profundo de lo que nuestras linternas podían iluminar. Justo como la historia decía.

Eric puso la maleta Pelican cerca a la entrada submarina y sacó el ROV. Iluminando con nuestras linternas hacia un mismo punto alumbramos nuestra área de trabajo. Mientras inspeccionábamos el robot, Eric notó que la caminata por la cueva había causado que uno de los ductos de los propulsores, los protectores circulares que envuelven el propulsor,se había agrietado—no era ideal, pero tampoco crítico. Decidimos romper el ducto opuesto para hacerlo más proporcionado.

Incluso sin los ductos, el robot es una hermosa pieza de ingeniería básica. Bueno, por lo menos hermoso una vez que sabes lo que estás mirando. Como muchas criaturas y artefactos submarinos, se veía incómodo fuera de su habitad natural. El cerebro del ROV, el sistema eléctrico principal, se encuentra en un cilindro plástico transparente en elque también se encuentran la cámara, tres controladores de velocidad, y el microcontrolador. El cilindro se parece a una gran cafetera, excepto que horizontal, llena de componentes electrónicos y construida para soportar la presión. Se mantiene sellado con un par de tapas plásticas en los extremos. Cables y líneas de comunicación salen de las tapas y están unidas con pegante epóxico. Aparte de mantener los componentes electrónicos secos, el cilindro sirve como fuerza principal de flote para mantener al ROV al derecho bajo el agua. La capa externa del ROV es una lámina de acrílico azul que se curva en los extremos del cilindro, como alas dobladas hacia abajo. Las alas se extienden hasta los contenedores de baterías —seis baterías tipo C a cada lado— que también actúan como peso para contrarrestar al contenedor de aire. Añade los motores, propulsores y unas varillas de acero delgadas, y el robot entero es tan solo del tamaño de un microondas pequeño.

Eric empezó con las pruebas de impermeabilidad de último minuto, mientras yo añadia peso a las varillas metálicas para asegurarme de que el robot tenía la flotabilidad correcta. Brian Lam, nuestro fotógrafo, organizó las lámparas y se aseguro de que las cámaras estuvieran funcionando. Jeff Bernard y Bran Sorem, unos amigos que decidieron unirse al viaje, se acomodaron junto a los muros para iluminar las profundidades de la cueva. Zack Johnson, otro amigo y colaborador del robot, desenrolló el cable que sería la línea de comunicación cuando este estuviera bajo el agua. El momento de la verdad finalmente había llegado.

Eric se acercó y puso el robot en el agua. Flotó en la superficie y todos contuvimos el aliento y esperamos a que hiciera su siguiente movimiento. Los LEDs se encendieron, como un niño abriendo sus ojos. El silencio fue roto por el zumbido de los propulsores. Irregular al principio, tomó algún tiempo para estabilizar y que nos sintiéramos cómodos con los controles. Casi de inmediato, el ambiente en la cueva cambió por completo. La angustia acerca de que si el ROV iba siquiera a funcionar fue remplazada por emoción; ¿qué más podría hacer esta cosa?

Las luces del robot iluminaron el agua, creando una vívida imagen de la caverna submarina. La iluminación provocó que los muros de la cueva irradiaran azules profundos y púrpuras. Con un control preciso, el robot descendió en las profundidades. Verlo sumergirse hizo que mi corazón se empezara a agitar. No podía creer que hubiéramos llegado tan lejos. Después de todo el diseño, pruebas, y rediseño, estaba realmente empezando a quedar claro: habíamos hecho una hazaña asombrosa de creación colectiva. La creación de este robot fue producto de pasión y compromiso colectivo. Tuvimos que sobrepasar muchos problemas técnicos y de diseño para llegar hasta este punto. Nos las habíamos arreglado para hacer un buen ROV submarino capaz de usarse para exploración, usando solamente partes comunes y herramientas que eran accesibles para todo el mundo. Además, queríamos que fuera mucho más barato que los productos comerciales que estaban disponibles. Y lo habíamos logrado.

No solo estoy orgulloso de lo que hicimos, sino también de la forma en la que lo construimos. El diseño era el bebé de Eric, originalmente él lo había concebido y fortalecido para traerlo al mundo. Pero la última versión de Open ROV—el modelo que hizo el viaje a la cueva—era un pariente lejano del prototipo original de Eric. Este modelo era algo mucho más grande. Desde nuestra primera conversación, Eric y yo decidimos hacer el proyecto «Open Source», lo cual significa que publicamos los diseños, pasos de producción y lista de materiales en Internet para que cualquiera pudiera verlos y usarlos. Creamos una página en Internet, OpenROV.com (http://www.openrov.com) donde mostramos la información de construcción además de los problemas que nos encontramos en el camino. Empezó como una forma para mostrarle a nuestros amigos qué estábamos haciendo, pero rápidamente se convirtió en algo más grande. Tras unos meses trabajando en el proyecto, estábamos recibiendo consejo y soporte de gente alrededor del mundo, muchos de los cuales nunca habíamos conocido, algunos tenían mucha experiencia en robots submarinos. La retroalimentación, sugerencias e ideas de los miembros de esa comunidad fueron la clave para superar nuestros problemas. Para cuando nos encontrábamos en la cueva, el proyecto se había beneficiado de cientos de contribuyentes de docenas de países distintos.

Conducimos el robot por la profunda cueva y por pequeñas bifurcaciones que llamaron nuestra atención. En un momento dado, el grupo entero empezó a vitorear mientras atravesábamos una estrecha abertura por entre las rocas. Encontramos ciertos objetos interesantes: una larga tubería, unos lentes de sol, y una vieja linterna. Objetos que uno se imaginaría que tiraron un grupo de adolescentes después de una aventura. Tardamos tanto tiempo explorando que eventualmente nos quedamos sin pilas. Afortunadamente, habíamos manejado de regreso al robot hasta un punto en el que nos quedó fácil recuperarlo con la cuerda que traía. Fue un tonto y gracioso error en un viaje de inauguración exitoso.

Al final no encontramos ningún tesoro en la cueva, pero no importaba. Habíamos construido el robot con el que habíamos soñado, y, más importante, tuvimos una aventura haciéndolo. Conocimos a cientos de amigos nuevos y colaboradores y descubrimos que había mucha más gente interesada en lo que estábamos haciendo. El proceso fue mucho más valioso que el resultado.

Para mí, el verdadero tesoro nunca fue el oro, sino algo mucho más valioso. Este pequeño viaje de nuestro robot fue una experiencia enorme, pero mi viaje empezó mucho antes de aquel dia en la cueva. Mis problemas fueron mucho más fundamentales que cualquier diseño técnico. Había ido de no tener experiencia en ingeniería y diseño a hacer contribuciones sustanciosas al mundo de la robótica submarina. Un proyecto que se veía intimidante e imposible para mí hace tan solo un año me había convertido en una persona nueva. Había pasado de ser un consumidor pasivo de la vida a ser un participante comprometido y creativo de ella. Había ido de cero a Maker (Zero to Maker).

Todo empezó una mañana de junio—seis meses antes del viaje a la cueva—en una pequeña oficina en Los Angeles. Esa mañana transcurría como cualquier otra. Había llegado antes que mis compañeros de trabajo y estaba ocupado respondiendo correos electrónicos y contestando requerimientos de los clientes. No esperaba a que se convirtiera en una especie dedía del juicio.

Al principio estuvimos luchando; los ingresos habían bajado a la mitad, los inversores se estaban yendo, y la actitud en la oficina era desoladora. La idea era encontarnos a las 9:00 A.M. para una reunión del equipo y sesión estratégica. Cuando los fundadores de la empresa llegaron tarde y me pidieron solamente a mí entrar en el salón de conferencias, sabía que no iban a ser buenas noticias.

Me estaban dejando ir.

Tal y como en las noticias que llevaba viendo desde hace dos años—mayor taza de despidos, trabajos eliminados, y desempleo record—pero entregado con una puñalada. Ya no era algo que sucedía alrededor mío, era mi nueva realidad. Al día siguiente, todavía muy impactado, hice una larga caminata por las colinas de Los Angeles intentando comprender lo que estaba pasando. No podía hacer nada más que mirar hacia atrás, hacia los eventos que me habían llevado hasta ese punto, intentando encontrar alguna señal que hubiera ignorado en un momento de confianza absoluta de ir en el camino correcto: una buena educación universitaria, experiencia de trabajo adecuada, y un empleo con una promisoria empresa en sus inicios. Y repentinamente, en la mañana soleada de un martes, todo había desaparecido.

Caminé por horas y llegué a la conclusión de que era algo más grande que solo perder mi trabajo. Más importante, sentí que con la pérdida de este trabajo, me habían arrebatado la historia de mi vida. Mi historia personal—mi propósito y dirección en el mundo—ya no tenía sentido. Invertí mucho tiempo justificando mis acciones (y tiempo gastado como esclavo de la pantalla de un computador) con el argumento de que creía en la misión de nuestra empresa. Intenté recuperarme diciéndome que conseguiría otro trabajo. Desempolvé mi hoja de vida—algo que no había tenido que hacer en años—y me puse en ello. Rediagramé y actualicé mi experiencia laboral, pero después de todos los cambios y arreglos, algo seguía estando mal. Me seguía preguntando: ¿qué estaba haciendo en realidad? Me di cuenta de que sin importar como contara mi historia, no podía ocultar una enorme realidad; la única cosa para la que estaba capacitado era sentarme en frente de un computador.

Para empeorar el asunto, mi ansiedad acerca de no tener trabajo era agravada por la creciente preocupación de estar en el negocio equivocado para empezar. Curiosamente, un año antes de perder mi trabajo había asistido a la Feria Maker (Maker Faire) por recomendación de una amiga. Ella pensó que yo disfrutaría la multitud y la naturaleza ecléctica del evento. Ytenía razón. La feria me dejó impactado. Los proyectos interesantes—robótica, manualidades, e instalaciones masivas—fueron hechos tan solo por la pasión y energías de sus creadores. En lo más profundo de mi imaginación, probablemente podía concebir algunos de esos artefactos y personajes, pero nunca a todos en un mismo lugar—este extraño lugar donde monociclos gigantes y robots autónomosse mezclaban entre la multitud. Más impactante aún, era el hecho de que yo no podía creer que estos individuos y grupos fueran realmente capaces de construir esas cosas. No sabía muy bien cómo, pero quería ser como ellos. Pensando y aprendíendo más acerca de lo que ví ese día en la feria terminé llegando a Eric y su ambicioso plan de construir su propio submarino. Quería ayudar con la aventura del robot, aunque no estuviera seguro de como podría contribuir. Sin siquiera una clase de carpintería de la secundaria, ni mucho menosun grado en ingeniería, me sentí descalificado para siquiera intentar.

Mis pensamientos acerca de estar desempleado y mi anhelo de ser un Maker fueron una combinación poderosa en esos días y semanas después de haber sido despedido. Entre más pensaba en ello, más me daba cuenta de lo trágicamente especializado que estaba. Estaba extremadamente bien preparado para un trabajo que ya no existía, sin las habilidades fundamentales que podría utilizar en cualquier otro sitio. Parecía estar lejos de poder construir, reparar, o crear cualquier cosa de valor tangible—cualquier cosa física y real. Mis llamadas habilidades—correos electrónicos, medios sociales, utilizar un blog—eran substitutos vacíos. Ahora, después de haberme precipitado dentro y fuera de una carrera digital, sentí como si estuviera perdiendo una pieza crítica de mi humanidad.

En el curso de las semanas siguientes, la conciencia de mi analfabetismo de las habilidades manuales solo creció. Conocí a un carpintero en un mercado de pulgas que estaba vendiendo mesas y escritorios hechos a mano. El me explicaba que usaba esas mesas para pagar sus facturas, mientras por las noches perseguía una carrera como comediante. Envidiaba su resistencia. Sus habilidades en el trabajo de la madera era algo que nadie podría quitarle. A diferencia de mi primer trabajo, nadie podía decirle que dejara de hacer mesas.

Rápidamente, mi deseo de re-educarme con habilidades básicas de creación se sobrepuso a mi preocupación por conseguir un trabajo nuevo. Me encontré pensando que conseguir un nuevo trabajo solo sería una distracción de un objetivo más grande, retrasando la inevitable recuperación de un elemento vital perdido de mi educación.

Quería hacer algo al respecto, pero no estaba seguro de por donde empezar. Decidí empezar con la única pista que tenía: Make: magazine. Aparte de hacer el Maker Faire, Make: publica cada tres meses una revista de tutoriales llena de proyectos y makers interesantes. También publica un popular blog en Makezine.com (http://www.makezine.com).

Escribí un largo correo explicando mi situación a los editores de Make:, resaltando mi repentino horario vacío y mi dedicación para aprender las habilidades y herramientas que sentía que había perdido. Les propuse que haría mi mejor esfuerzo para convertirme en un diseñador industrial «hazlo tú mismo» (do it yourself; DIY) antes de que se me acabaran mis ahorros, y publicar acerca de mi experiencia entera en el blog de Make:. Empaqué la idea bajo el título de «De cero a Maker en 30 dias» (Zero to Maker in 30 days) y se las envié.

Fue un disparo a ciegas, pero afortunadamente, les gustó la idea. Y ahora tenía un compromiso escrito para seguir adelante, sin importar como acabara.

Lo que empezó como el compromiso de un mes de aprender nuevas habilidades se convirtió en un viaje que cambió mi vida. Rápidamente descubrí que mi viaje inicial al Maker Faire fue solamente la punta del iceberg. Continué conociendo más makers—una comunidad creciente de gente que había adoptado y reescrito la idea del DIY—y ellos no eran nada de lo que esperaba.

Antes de sumergirme en todo esto de hacer cosas, escasamente sabía de que lado sostener un martillo. No estaba seguro de si podría encajar o si los lectores de Make: entenderían mi deseo de participar. Todos los makers que había conocido parecían brillantes, mientras yo me sentía como una persona promedio, genéticamente dispuesto ser descoordinado y poco creativo. ¿Cómo iba a funcionar esto?

Tenía algunas ideas preconcebidas acerca de los makers; quienes eran, como trabajaban, y como aprendían. Imaginaba el proceso como un largo, solitario y tedioso estudio de ingeniería, herramientas y ciencia—habilidades que me había saltado en la carrera de ser más «comercial»—. Resultó que las cosas que había asumido inicialmente resultaron estar completamente equivocadas. Rápidamente me di cuenta de que estos prejuicios eran, en realidad, el mayor obstáculo que tendría que superar. Cuando me di cuenta cuan infundados estaban, mi maker interno pudo salir de su caparazón.

Primero, aprendí como trabajaban los makers realmente. Mi primer viaje al Maker Faire me dejó la impresión de que los makers eran genios solitarios, trabajando en garajes o talleres. Trabajando horas incontables en un proyecto, reparación o invento y reuniéndose una vez al año en el Maker Faire para mostrar sus creaciones. No pude estar más equivocado. Ser un maker es definitivamente un trabajo en equipo.

Los makers son, por encima de todo, un grupo conectado y colaborativo. Ellos se encuentran en línea y comparten ideas en foros, blogs y grupos de discusión. Ellos regalan sus diseños y colaboran en proyectos con gente alrededor del mundo—el opuesto exacto del secreto competitivo que conocía del mundo corporativo. Ellos dan recursos para crear «Fab labs» y «Makerspaces», que son lugares físicos que sirven como centros para compartir los costos y mantenimiento de grandes herramientas y equipo. Me tomó mucho tiempo entender que un poco de todo esta hecho «por ti». Hacer no se trata de DIY (Do It Yourself, hazlo tú mismo), sino de DIT (Do It Together) o hagámoslo juntos.

El siguiente descubrimiento vino cuando empecé a aprender nuevas herramientas que estaban usando esos makers. Antes de mi inmersión, tenía la noción sentimental de que el DIY era como volver a una era pasada, la época antes de que los martillos y las agujas fueran reemplazadas con juegos de video y iPads. Imaginaba a los «DIY» ser portadores de antorchas, manteniendo vivos los métodos y artesanías que fueron marginados por la llegada de pantallas de computador y anuncios. Quería que hacer cosas me ayudara a conectarme con algo que sentía que había perdido a través de las últimas generaciones—una parte de ser un hombre autosuficiente que no había formado parte de mi vida.

En cierto modo, los makers son guardianes de esta independencia industrial que deseaba, pero a la vez son mucho más. Ellos entienden y respetan su lugar en la historia, como parte de una larga línea de creadores de herramientas y usuarios de herramientas. Aunque ellos mantengan conocimiento tradicional vivo, también están investigando y trayendo nuevas tecnologías al mundo. Y estas no son las herramientas de tus abuelos.

Las nuevas herramientas maker son subproductos de los cada vez más asequibles computadores, componentes y sensores. Son estimulados por el rápido intercambio de ideas en el Internet y le están dando poder a individuos y pequeños grupos con un montón de nuevas herramientas de fabricación personal. Cortadoras laser, impresoras 3D y otras máquinas de control numérico digital (computer numerical control, CNC) son ahora lo suficientemente asequibles para ser comprados para un taller de casa o de oficina y lo suficientemente capaces de crear productos personalizados listos para el consumo. Un producto que hace 15 años habría costado cientos de miles de dólares prototipar y producir, ahora puede ser creado descargando un archivo y accediendo a uno de los numerosos makerspaces que están emergiendo alrededor del mundo.

Aprender a usar estas nuevas herramientas fue sorprendentemente fácil. Cuando empecé, imaginé que necesitaría un grado de diseño industrial o ingeniería mecánica antes de que pudiera hacer algo útil o de valor. Nunca me imaginé que llegaría tan lejos en un periodo de tiempo tan corto. En tan solo unos meses, estaba imprimiendo en 3D, enseñando a otros a usar una cortadora laser y diseñando piezas básicas en programas de diseño computacional (computer aided design, CAD). Empecé soldando, trabajando con placas de metal y creando moldes plásticos. Obviamente no era un maestro en soldadura y ciertamente no el mejor programador de microcontroladores, pero sabía lo suficiente para empezar. Cualquier cosa que no supiera—como usar una máquina, que material usar, como ensamblar algo—lo podía entender a lo largo del camino. Iba aprendíendo cosas cuando las iba necesitando, dependiendo específicamente del problema que tuviera en frente. Y nunca estaba solo. Todos los makers que conocí parecían estar especializados en una cosa o la otra, y todos estaban contentos de enseñar lo que sabían. En realidad, descubrí que todos tenían un montón por aprender, pero todos somos capaces de ayudar a mejorar nuestras habilidades y conocimientos.

Tan pronto como dejé ir mis prejuicios, fui bienvenido a una comunidad de posibilidades. Me di cuenta de que estaba formando parte de algo más grande: el movimiento maker. También descubrí que mis experiencias no eran únicas. Así es como todos los nuevos makers eran inducidos informalmente. Explorando este nuevo mundo, vi una nueva faceta de mi persona, una parte que se muestra en el proceso de crear y compartir con otros. aprendí de lo que era capaz, y estaba muy lejos de lo que imaginaba.

Si bien esas observaciones de “Doing It Together” y el aprender el uno del otro fueron una revelación para mí, pronto descubrí que esta colaboración radical había estado allí desde el principio de este nuevo renacimiento maker—volviendo a una clase experimental en el “Massachusets Institute of Technology (MIT) alrededor de una década atrás.

En 1998, el profesor del MIT Neil Gershendfeld y sus compañeros soñaron un “fab lab”: unas instalaciones con máquinas tecnológicas que podían construir otras máquinas, al que él describía como usar “jets de agua supersónicos, o poderosos lasers, o estructuras microscópicas de átomos para hacer—bueno, casi cualquier cosa”.

El mayor problema que encontraron fue que ninguno de sus estudiantes sabía usar las nuevas herramientas, así que decidieron enseñar durante el curso de un semestre una introducción a los fab labs. Y entonces, la clase de “Como hacer (casi) cualquier cosa” nació.

La clase fue originalmente diseñada para ser una cartilla para un pequeño grupo de estudiantes avanzados, pero rápidamente evolucionó en algo más grande—para casi todas las carreras disciplinarias. La clase fue un gran éxito y fue hecha durante más semestres. La experiencia le dio a Gershehfeld un vistazo en la manufacturación personal y algo que le sorprendió, fue la forma en la que los estudiantes estaban aprendíendo. En su libro FAB: The Coming Revolution on Your Desktop—From Personal Computers to Personal Fabrication (FAB: La Próxima Revolución en tu Escritorio—de Computadores Personales a Fabricación Personal), describe la escena en su clase:

La verdadera sorpresa fue ver como los estudiantes aprendieron a hacer lo que hicieron: la clase se convirtió en una especie de esquema de pirámide intelectual . Así como un ingeniero no tendría las habilidades de diseño y manufacturación para producir personalmente uno de estos proyectos, ningún curriculum o profesor jamás habría podido cubrir las necesidades de ese heterogéneo grupo de estudiantes y máquinas. En cambio, el proceso de aprendízaje era dirigido por la demanda, en vez de por la oferta de conocimiento. Una vez que los estudiantes habían dominado una habilidad, como por ejemplo el cortador de agua o programación de microcontroladores, tenían un interés casi evangélico de mostrarle a los demás como usarlos. Cuando los estudiantes necesitaban nuevas habilidades para sus proyectos aprendían de sus compañeros y cuando les llegaba el turno lo volvían a compartir… A este proceso se le puede llamar un modelo de educación “en el momento”, enseñando en demanda, en vez del modelo más tradicional de “por si acaso” que cubre una lista de cosas que se espera sean útiles en algún momento.

El aprendízaje “en el momento” que Gershenfeld describe resalta en la página. Era exactamente la forma en la que había aprendído a hacer cosas. Y no era una coincidencia: así es como todos los makers aprenden.

En mi primera entrada de la columna Zero to Maker, mencioné que mi objetivo era aprender lo suficiente como para ser peligroso. En ese tiempo, no sabía en lo que me estaba metiendo. Hice el comentario porque quería que el reto fuera lo suficientemente cercano como para poder conseguirlo. No esperaba convertirme en un maestro en ninguna de las herramientas, oficios o tecnologías. En cambio, solo quería sentirlas con mis propias manos y aprender como funcionaban. Quería ver qué era posible.

Esta resultó ser la mejor estrategia que jamás habría podido elegir. Después de hablar con otros makers, viendo como operaba cada uno, y leyendo a otros como el FAB de Gershenfeld, me di cuenta de que eso era lo que todo el mundo estaba haciendo: explorando qué era posible.

En retrospectiva, parece tonto que estuviera nervioso de empezar. Solo tenía que aprender una cosa. No, de hecho era una elección. Tenía que elegir ser un principiante, sentirme cómodo con los errores, preguntar un montón de cosas y buscar a los profesores adecuados. Después de haber cruzado ese puente, todo lo demás encajó en su lugar. Los makers son una comunidad de principiantes, y todos estamos aprendíendo juntos.

Para mí es fácil decir, sin vacilar, que mi viaje para convertirme en un maker cambió mi vida. Pero más que eso, se convirtió en mi estilo de vida. El viaje para recuperar mis habilidades se convirtió en un replanteamiento fundamental de como veía las oportunidades. Y no estoy solo.

Lo que empezó como una serie de invenciones de garaje y proyectos secundarios se convirtió en una pequeña industria, con makers de diferentes formas y tamaños convirtiendo su fervor, habilidades e ingenio en negocios y oficios—convirtiendo su pasión y creatividad en completamente nuevos modelos de negocio basados en la comunidad y la colaboración en vez del viejo modelo de encarnizada competencia.

Los negocios tomaban muchas formas distintas. Algunos son un regreso a las artesanías tradicionales; artesanos que crean grandes piezas específicas de trabajo para una pequeña comunidad de clientes. Gente como Joel Bukiewicz, un creador de cuchillos en Brooklyn, quien descubrió que hay una demanda sustancial de sus cuchillos para cocina hechos a mano. Después de esforzarse por conseguir trabajo como escritor por muchos años y de haber sufrido una crisis sobre la dirección de su carrera, Joel le prestó atención a crear cosas y pronto se enamoró del proceso de creación de cuchillos. Pero su historia no es una horrorosa historia acerca de un rechazado escritor sucumbiendo ante el aislamiento y la locura a lo Stephen King. En cambio, en Brooklyn, Joel descubrió una vibrante comunidad de makers que compartía y colaboraba para ayudarse unos a otros con sus negocios.

Cuando le pregunté a Joel acerca de su trabajo, él no podía dejar de hablar de como había sido de importante este ambiente para su desarrollo. Tan pronto como abrió un local físico y un mostrador, su negocio arrancó. Él estaba aprendíendo de su audiencia: qué les gustaba, donde y como usaban los cuchillos, y que tanto pagarían. Era más que una tienda; fue una base para empezar su comunidad.

Plataformas en Internet como Kickstarter o Etsy combinadas con las nuevas comunidades creativas como la que Joel descubrió en Brooklyn han creado una nueva infraestructura económica para que estos nuevos artesanos del siglo 21 puedan prosperar.

Pequeños artesanos orientados a la comunidad no son la única parte del movimiento. Los makers también son la fuerza detrás de la proliferación de tecnologías y plataformas como las impresoras 3D, máquinas CNC y microcontroladores. Compañías con un rápido crecimiento como MakerBot Industries construyen y venden impresoras 3D basadas en diseños open-source (abiertos).

Cuando estaba empezando a crear cosas, escuchaba mucho acerca de impresión 3D. Todo el mundo estaba hablando de eso y yo no tenía ni idea de que era. Originalmente me lo habían explicado como algo muy parecido a una impresora normal, solo que en vez de imprimir tinta en un papel, imprimía una delgada capa de plástico. Una capa de plástico sobre la otra, repite el proceso hasta que crea un objeto en tres dimensiones. El proceso me dejó un poco desconcertado hasta que me senté con una MakerBot y aprendí como usarla. En el corazón, es simplemente hacer click y esperar 20 minutos para que tu pieza aparezca dentro de la máquina. Mirando a la MakerBot en acción me ayudó a entender de qué se trataba todo este escándalo; hay algo mágico en imprimir un objeto tangible a partir de unas ordenes digitales.

La comunidad global de hobbistas medio empresarios se tomó la impresión 3D, una tecnología que una vez había estado disponible solo para investigadores y compañías adineradas, se había vuelto lo suficientemente económica como para ser obtenida por individuos o pequeños grupos y usada tanto en casas como oficinas aparte de para estudios académicos o corporativos. En vez de aportar a investigaciones privadas y desarrollo de brazos, estas nuevas compañías de impresión 3D han innovado compartiendo de forma libre sus diseños y permitiendo a sus comunidades darles retroalimentación acerca del desarrollo del producto. Partiendo del libro de reglas del software libre, este modelo de hardware libre permite a pequeños actores y grupos competir con corporaciones mucho más grandes y establecer compañías por su acercamiento más sencillo y flexible. MakerBot y los otros tienen trabajo que hacer para ser tan capaces como las impresoras de escritorio caras y propietarias, pero están haciendo un excelente trabajo en hacerlas sencillas para que los nuevos makers, como yo, nos metamos en el juego. Y las herramientas de los makers se están haciendo económicas, más capaces y fáciles de usar cada día.

Grandes corporaciones se han dado cuenta de esto, dando aportes para que esta nueva forma de manufacturación pequeña y distributiva se mantenga. Corporaciones como Autodesk están desarrollando software de diseño que le permite a los nuevos makers desarrollar los conocimientos de CAD que necesitan para empezar a diseñar partes y componentes. Compañías como Ford se están convirtiendo en socios de makerspaces como TechShop para darle a sus emleados equipo de vanguardia. Ellos están apostando a que la innovación viene de empleados de “primera fila”. Apoyando a sus empleados a trabajar en proyectos que les apasionan, las compañías esperan desbloquear la creatividad que se había ido sin darse cuenta. De repente, ser un maker es relevante para más que solo pensadores y hobbistas que lo hacían por diversión. Es un nuevo set de habilidades que puede ayudar a los empleados a avanzar en grandes organizaciones.

Estas tendencias mayores—individuos con acceso a tecnología y modelos de negocios basados en la comunidad─están orientadas en la misma dirección: oportunidades. En una época en que la inseguridad sobre el trabajo y la carrera son algo diario, es refrescante ver una creciente industria (en realidad, muchas industrias) con mucho potencial. El movimiento maker está esperando a gente como tú para ver que es lo siguiente. Para usar una metáfora de esquiador, la montaña está cubierta por una pequeña capa de nieve—puedes ir a prácticamente cualquier lado, pero tienes que hacer tu propio camino.

Este libro intenta ser un mapa. Está pensado para darte una idea del panorama maker y prepararte lo más rápido y eficientemente posible. Tuve que hacer la transición de cero a Maker en unos meses y fui testigo de muchos otros haciendo lo mismo. Basado en estas lecciones, he creado una formula fácil de seguir para evitar trampas y obstáculos que podrían hacerte cambiar de opinión. Este libro está pensado para prepararte para que puedas hacer lo que quieras, incluso (y especialmente) tu propio negocio. Está diseñado para posibilitar. Para usar la metáfora de esquiador de nuevo, piensa en este libro como una silla del teleférico—levantándote sobre unas pendientes recién cubiertas para darte una perspectiva y luego soltándote en un punto en el que puedas empezar tu emocionante carrera.

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